La devaluación solución a la competitividad o al déficit fiscal

El lempira se ha devaluado un 15%

Durante los últimos años el gobierno ha defendido la  devaluación de la moneda como una solución para para mejorar la competitividad del país e ir equiparando el Índice de Tipo de Cambio Real (ITCER).

A pesar de que las reservas internacional crecen y deberían fortalecer el lempira, en lo que va de la actual administración (enero de 2014 a septiembre 2018), el valor de la moneda ha caído 15,71% (3.27 lempiras), al pasar de 20.78 a 24.05 lempiras por la compra de un dólar. 

Los efectos tampoco se han sentido en la competitividad del país. Los grandes exportadores no han aumentado sus ventas, tampoco ha crecido la llegada de inversión extranjera atraída por el mayor valor del dólar.

Entonces hay que plantearse una razón mayor que casualmente es la más presionan organismo como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el control del déficit fiscal. Y es que los países con altos déficits fiscales tienen tres grandes rutas para solucionarlos.

El primer camino es mejorar sus ingresos fiscales controlando la evasión, fiscal, aumentando la carga impositiva: ventas, renta global, renta progresiva, ganancias de capital, control de exoneraciones, endeudamiento y mejorando los controles fiscales.

La segunda ruta es controlar los presupuestos y la ejecución del gasto público disminuyendo el aparato gubernamental, cantidad de empleados, reducción de programas sociales, dejando de realizar inversiones y eliminando la inercia presupuestaria.

A la tercera opción se llega cuando no hay capacidad de obtener una solución política y es devaluar sus monedas, con lo cual sin hacer mucho esfuerzo mejoran en el corto plazo la recaudación de impuestos de ventas, renta y aduanas; pero bajo el supuesto de control de la evasión y la capacidad para reasignar los nuevos ingresos a disminuir el déficit.

Beneficiados

Los efectos son inmediatos. Los agentes económicos que tienen sus ingresos en dólares serían los primeros beneficiados, entre ellos: exportadores, el comercio y tributos dolarizados (telecomunicaciones, hotelería, gasolinas), además de prestamistas o inversionista de dólares, etcétera., dado el aumento del valor de los dólares recibidos por los bienes o servicios que venden.

Esto, señala la teoría económica, debería permitir invertir en sus fábricas, empleo y remuneración; y, una mejor situación económica debería aumentar la recaudación tributaria aportando en disminuir el déficit fiscal.

Eso sí, el Banco Central pierde el control de su política monetaria en el mediano y largo plazo (pues adquiere un compromiso con el tipo de cambio), aumentará sus niveles de reservas, cedería las metas de inflación por expansión monetaria (imprime lempiras para adquirir los dólares) y pierde el control de las tasas de interés internas (obligado a realizar operaciones de mercado abierto para controlar el exceso de liquidez).

El aumento del tipo de cambio afecta directamente a los asalariados, a los deudores en dólares, los precios de los artículos importados; con lo cual a mediano plazo provoca  mayores niveles de inflación y tasas de interés locales que presionan el presupuesto de los agentes locales; en especial, los más pobres.

¿Propuestas?

Las actuales propuestas de solución fiscal que son discutidas en “programas de TV o radio” hablan de revisión de exoneraciones, reducción del gasto público y pactos fiscal. Pocos, como el economista Hugo Noé Pino, plantean un alto a la devaluación para “revisar resultados y dar un respiro a la escalada de precios”.

Incluso si lo que se persigue es apoyar a la reducción del déficit fiscal, es momento de parar y reconocer que quizás eso no alcance para solucionar el problema dado que corrigen menos del 3% del hueco fiscal (cercano al 7% en 2014) a un alto costo. 

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