Honduras se encuentra en la posición 21 global con un aumento del 29,7%
Desde el 28 de febrero, el mercado energético mundial entró en una etapa de alta tensión tras el inicio de los ataques de Estados Unidos e Israel contra territorio iraní. Lo que en un comienzo fue interpretado como un choque geopolítico puntual terminó convirtiéndose en un fenómeno global con consecuencias económicas profundas.
En apenas dos meses, los precios internacionales de la gasolina, medidos a través del índice XB1 / Rbob Gasoline Futures de Bloomberg, se han incrementado 74,7% hasta el 24 de abril.
Este aumento no ha sido un simple sobresalto del mercado. Los analistas coinciden en que la expectativa inicial de un repunte temporal fue rápidamente superada por una escalada sostenida en los precios del petróleo y sus derivados.
El barril de crudo, que antes del conflicto se ubicaba entre los $60 y $65, superó con facilidad la barrera de $100, impulsado principalmente por el riesgo de interrupción en rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de 20% del petróleo mundial.
Sin embargo, el impacto no ha sido uniforme en el mundo. En regiones altamente dependientes de importaciones energéticas, como el sudeste asiático, los aumentos han sido particularmente severos.
Myanmar ha registrado un incremento de 101,1% en el precio de la gasolina, mientras que Filipinas y Malasia han visto aumentos de 72,6% y 68,1% respectivamente. Esta situación refleja la vulnerabilidad de economías que dependen de cadenas de suministro marítimas expuestas a las tensiones del Golfo Pérsico.
En contraste, economías desarrolladas como Estados Unidos, Canadá y varios países europeos han experimentado incrementos más moderados. En Estados Unidos, el aumento del combustible alcanza 35,1%, una cifra que genera presión política interna en un país que ha defendido la idea de independencia energética. En Europa Occidental, los incrementos oscilan entre 10% y 25%, amortiguados parcialmente por impuestos y reservas estratégicas.

El impacto global también ha evidenciado una desigualdad estructural. En países de bajos ingresos como Malawi, el precio del combustible ha alcanzado los $3,84 por litro, con un aumento de 34%, lo que agrava una situación económica ya frágil.
En el caso de Honduras, el comportamiento ha sido distinto al de gran parte del mundo, aunque no completamente aislado del contexto internacional. El aumento de las gasolinas, en dos meses, es de 29,7% que ubica al país en la posición 21 global y el segundo en Centroamérica. Guatemala es el más afectado con un alza del 37% y la posición 11 global.
El aumento impacta en las finanzas publicas ya que obligó al gobierno a subsidiar parte del aumento a gasolina, diésel y LPG, además de la energía eléctrica.
El impacto del petróleo no se limita únicamente al transporte o a la energía. Su efecto se extiende a toda la cadena productiva global, incluyendo la agricultura y los alimentos. La guerra ha interrumpido el suministro de fertilizantes y energía, insumos esenciales para la producción agrícola. Esto ha generado aumentos en los costos de producción de alimentos, con efectos que ya comienzan a reflejarse en los precios finales.
A medida que la tensión en Medio Oriente continúa, los mercados energéticos permanecen en estado de alerta. El aumento de 74,7% en la gasolina internacional no es solo una cifra récord, sino una señal clara de la fragilidad del sistema energético global.
La interconexión entre política, energía y economía ha quedado en evidencia, mostrando que cualquier alteración en regiones puede tener efectos inmediatos. En este escenario, la pregunta es cuánto tiempo podrá resistir la economía global bajo esta presión.

































